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FOTOS Y TEXTO: PABLO SIGISMONDI

TURKMENI
STAN

UNA VOZ EN EL DESIERTO

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TURKMENISTAN

Lejana y misteriosa, Turkmenistán es la menos explorada republica “stan” de Asia Central. En este país, la inmensidad de sus desiertos sin sombras se vuelve insignificantes frente a la simpatía y la complicidad de sus pobladores.

El viejo Moskvich avanzaba parsimonioso por Ashjabad (“lugar agradable” en farsi), chirriando entre calles desiertas donde las mujeres, ataviadas con vistosos turbantes y túnicas tradicionales, barrían la arena del viento que, sin cesar, parecía llover por todos lados. El calor me adormecía y, en cada edificio de mármol blanco reluciente, Aylar señalaba que era obra de ese hombre cuya imagen ocupaba plazas y parques casi vacíos, con sus estatuas doradas (algunas de oro) y sus fotografías sonrientes. Sin detenerse, “porque está prohibido”, el coche avanza delante de hileras de edificios relucientes de tamaños descomunales -el palacio presidencial, el casino, hoteles de lujo-, lugares vacíos y de arquitectura pseuda islámica que empequeñecen a los paseantes que caminan bajo su sombra.

El coche continuó rumbo al sur, hacia la frontera iraní, que está a pocos kilómetros, donde las montañas de Kopet Dag –de más de 3000 metros de altura- se volvían de color ocre. La sensación de desolación allí parecía aumentar. “Al fin, gracias a nuestro presidente, que lo controla todo, hemos logrado construir nuestro propio país, sin persas ni rusos…¡Al fin somos libres!”, dijo sonriente Aylar, con su rostro curtido y su gorro de lana.

En efecto, la conquista del antiguo Turkestán comenzó cuando los zares construyeron el ferrocarril y crearon la primera comunicación que atravesaba los desiertos de arenas rojas (o Kizil Kum) y de arenas negras (o Kara Kum) en una extensión de más de 1200 kilómetros. Después introducirían el riego y el cultivo de algodón. Durante la era soviética, se creó la República Soviética de Turkmenistán, se cambió el alfabeto arábigo por el cirílico y comenzaron a llegar perseguidos y deportados. Además, construyeron el canal de Kara Kum, el más largo del mundo, con más de 1000 kilómetros. Cuando en 1991 el país alcanzó la independencia, sus habitantes batían records de analfabetismo, desempleo y mortalidad frente al resto de las repúblicas de la URSS. “Desde entonces –siguió Aylar, mientras manejaba este trozo de desierto- es disputado por nuestras fabulosas riquezas de petróleo y gas. En tan solo una generación, los turkmenos, que somos nómades y nunca nos gobernamos por nosotros mismos, que no hemos vivido en grandes ciudades, pudimos superar el comunismo y hemos logrado construir un país con una capital moderna con nuestras tradiciones orientales y nuestra cultura”.

Vista de la capital desde el Arco de la Neutralidad

Cambio de guardia

Polo en el estadio de la capital

Palacio de Turkmenbashi en Ashjabad

LO QUE YO SABÍA DE TURKMENISTAN ERA POCO Y MUY VIEJO

Sí recordaba que, cuando en 1992 la Unión Soviética se desintegraba y sus antiguas quince “República Socialista Soviética de…” se independizaban, ese colapso y el caos que siguió a ello me permitirían viajar, casi en la clandestinidad, por las “stán” de Asia Central (Kazajstán, Kirguistán, Tadjikistán y Uzbekistán), pero salteaba Turkmenistán, que quedada así como un agujero en el mapa. Un cuarto de siglo más tarde, y de la mano de Aylar, estaba recorriendo aquel extraño país donde la utopía comunista había sido reemplazada por su enemigo, el capitalismo, que ofrecía en medio del desierto -que cubre el 80% de su territorio- el mismo paraíso terrenal materialista pero sin proponerse compartir los bienes.

Desde aquél viaje de juventud por Asia Central, apenas terminada la Guerra Fría, al regreso, en 2014, después de más de veinte años, no dejaba de advertir los grilletes del progreso: la conversión del desierto desnudo en verdes jardines; las canteras de las montañas en edificios de mármoles inmaculados y vacíos; la patología ideológica que reemplazó al comunismo por el nacionalismo turcomano y el culto a la personalidad bajo el lema “Halk, Watan, Turkmenbashi” (Un imperio, un pueblo, un caudillo)… ¿Acaso dejarán en el futuro imponentes ruinas como huellas que decoraron el desierto, como símbolos de las trampas de gobernantes tiranos y megalómanos?.

Un par de días después, salimos con Aylar de Ashjabad en taxi rumbo al norte del país, atravesando los desiertos de arenas monótonas de Kara Kum. La carretera nueva contrastaba con la vetusta tubería de la época soviética, hacia el naciente. Después de cinco horas de marcha, nos detuvimos a almorzar el tradicional cordero con papas fritas. Sentado bajo la sombra de los árboles, la familia me hizo sentir uno más de ellos, recordándome con su gesto el ancestral regalo por excelencia de los nómades, su hospitalidad.

Descansamos un rato y, ya casi con las últimas luces del día, el desierto dio paso al asombro. Ante nosotros, el Derwezesi Jähennem, o el cráter de gas de Darvaza, también conocido como “La puerta del Infierno”. Paradigmático ejemplo de los ecocidios soviéticos que se mantuvieron en secreto: el lugar era un yacimiento gasífero que en 1971, al colapsar –refiere una de las tantas versiones acerca de su formación-, dejó un enorme pozo circular de 70 metros de diámetro y 30 de profundidad por donde emanaba abundante metano. Ante ello, los geólogos decidieron encenderlo, para evitar que el gas se expandiera por la zona, con la certeza de que en pocos días se quemaría por completo. Sin embargo, lo que ellos no conocían era el hecho de que aquí se encuentran las cuartas reservas más importantes de gas del planeta y, como consecuencia, desde hace casi medio siglo las llamas de color naranja no dejan de arder.

Asomar las narices y caminar a su alrededor me produjo sudor y estremecimiento. Las paredes parecían a punto de derrumbarse bajo mis pies. El calor y lo que veían mis ojos me quitaron el apetito y el sueño. A medida que la luz diurna fue extinguiéndose, la majestuosidad del cráter aumento aún más. Trepado a una pequeña colina cercana, me senté y dejé que mi cuerpo descansara de aquel día tan agitado. El fantasmagórico paisaje había despertado emociones y traído a mi mente el majestuoso cráter del volcán Nyiragongo, situado en África, que había visitado antes. Si viajar nos libera, las palabras de mi compañero, dichas en aquel paisaje lunar, no pudieron ser más apropiadas: “Pablo, ¿acaso no podemos guardar el misterio de cómo se formó el cráter? Estamos en un lugar casi sagrado, donde la energía de la Tierra se une a la libertad del desierto. Puedes quedarte a dormir donde gustes”.

Mercado tradicional en Dashogus

EL Cráter de Darvaza

Siluetas se recortan contra las llamas del cráter

Fotos de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha: 1. Mujeres turkmenas ataviadas con sus típicas prendas bordadas a mano; 2. Vista de la capital desde el Monumento llamado Arco de la Neutralidad; 3. Cambio de guardia en el memorial que recuerda a las víctimas del terremoto de 1948, Ashjabad;  4. Polo en el estadio de la capital: los turkmenos son destacados jinetes; 5. Guardia de honor frente al palacio de Turkmenbashi en Ashjabad; 6. La mezquita Saparmurat Hajji honra la peregrinación hacia La Meca, en Gökdepe; 7. Almuerzo sobre la chaikhaia o “lugar de té” en el parque botánico de Ashjabad; 8. Construcciones vacías y jardines recién sembrados cubren estepas y desiertos que rodean Ashjabad; 9. La fotografía Gurbanguly Berdimuhamedow, presidente desde el año 2006, adorna el estadio de la capital, Ashjabad; 10. País de mayoría musulmana, las mujeres deben cubrir su cabellera con turbantes de seda; 11. Cráter de Darvaza iluminando las arenas del desierto de Kara Kum, que lo circunda; 12. Mercado tradicional en Dashogus: algodón, olivos, viñas y gran cantidad de frutas y hortalizas; 13. EL Cráter de Darvaza mide 70 metros de diámetro y 30 de profundidad;  14. Las siluetas se recortan contra el fondo anaranjado de las llamas del cráter de Darvaza.

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