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MANAOS

EL RÍO AGRIDULCE

MANAOS

EL RÍO AGRIDULCE

Las ranas fosforescentes, los tucanes rojizos, los jaguares dorados permanecen escondidos en los meandros oscuros de la jungla como si fueran guerrilleros. Hasta que algo chilla y rasga la noche. La caminata para avistar caimanes en un recodo cercano a un río pardo y periférico de la industrial Manaos tensa los músculos. El paseo está resguardado de grandes peligros porque se desarrolla en la denominada “selva baja”. Aquí es imposible extraviarse, o que a uno lo ataque una alimaña. Pero los pasos se hunden en un barro incierto y pegajoso. Todo cruje, el aire pesa. Hay aroma a frutas podridas. Se vive un éxtasis salvaje.

Manaos, la reina de la Amazonía brasileña, es una ciudad bella y cruel. Su historia está escrita con sangre y codicia. Los “barones del caucho” comenzaron la deforestación de la jungla cuando a fines del siglo XIX comprendieron que la savia de los árboles de esta ciudad podía servir para hacer girar a las industrias del mundo. El auge comercial duró poco más de una década. En esos años febriles, su élite construyó teatros y palacios con mobiliario francés, mármol de Carrara y cristales de Venecia. Luego, por el desplome de los precios globales, el imperio se desmoronó en un segundo.

Hoy Manaos es zona franca, plasmas a precios de ojota, refinerías de petróleo. Y también un nicho del ecoturismo, donde se puede pasar una noche selvática en cómodas cabañas, pescar pirañas, observar el suave corcoveo de delfines rosados o salir en excursión hacia las tribus más cercanas. Con inversión y servicios, el Estado brasilero busca presencia en el Amazonas profundo para resguardar un lugar estratégico por su riqueza en biodiversidad. Manaos es una ciudad tejida por lianas y acero. Es tan bifronte como los dos ríos que la circundan: el Solimões, de tono bermellón, y el Río Negro, plomizo, de un transcurrir más calmo. Cuando confluyen en Manaos, ambos cursos de agua no se mezclan por su diferente acidez. Sólo aquí el río Amazonas está partido en dos colores. Parece obra de un chamán. Los corazones de agua palpitan por separado. La ciudad nunca termina de aunarse.

TEXTO: EMILIANO GUIDO

FOTOS: SHUTTERSTOCK

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